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Cuento del mes

LOS CUENTOS DEL BAÚL.

Por: Daniel Márquez Rosano.

 

 

Tal vez tú tengas algún estuchito o alguna cajita en donde guardas las cosas más importantes para ti, las que representan alguna vivencia significativa o simplemente te traen algún recuerdo; como una fotografía, tu primera muñeca, una piedra rara, alguna carta o el juguete preferido de cuando eras más pequeñito. Yo lo que tengo es un grande y viejo baúl, porque son muchas, muchas las cosas que guardo, pero déjame que te cuente la historia de este baúl tan especial.

 

Hace mucho tiempo, cuando era muy pequeño y me daba miedo la oscuridad, cuando me asustaba por los fuertes truenos en las noches tormentosas; mi mamá solía tranquilizarme contándome cuentos, pero no sólo eran las clásicas historias que aparecen en muchos libros, no, también había historias nuevas, historias que cambiaban, historias que inventaba en ese momento. Ella tenía una manera muy especial de contar sus relatos, los llenaba de color, los llenaba de emoción, les daba vida y nos hacía vivirlos, yo creo que eso lo heredó de mi abuelo, él así era. Con cada uno de esos cuentos, mi mamá me hacía soñar, me hacía volar, me hacía reír y a veces, también me hacía llorar.

 

Ella tenía un viejo baúl que antes había pertenecido a su papá, o sea mi abuelo. Mi abuelo ya murió, se llamaba Panchito, él fue maestro, y aunque era muy pobre, había estado en muchas partes del mundo, había conocido muchos lugares, mucha gente, hasta decía que había viajado en el tiempo, aunque después supe que muchos de esos viajes, los hizo por medio de los libros y de la imaginación. Lo curioso de todo esto, es que mi abuelo guardaba en ese viejo baúl, sus objetos más preciados, los más valiosos, los que tenían un significado especial para él, y esa costumbre de guardar cosas, mi madre la continuó cuando el abuelo le dejó su viejo baúl.

 

“¡Mami, mami, cuéntanos algún cuento de tu baúl!”, le pedíamos mis hermanos y yo a mi mamá antes de irnos a dormir. Ella sabía que mis hermanos y yo nos moríamos de curiosidad por saber qué tantas cosas habían guardado mi abuelo y ella en aquel misterioso y mágico baúl, el cual cerraba con una llave dorada que colgaba de su cuello con un cordón de colores.

 

“Un día”, iniciaba mi mamá con su dulce voz, “el hada de la imaginación le dio esta llave mágica a su abuelo Panchito. Le dijo que la conservaría mientras mantuviera su corazón puro y amoroso como el de un niño. Y así lo hizo mientras vivió. Ahora el abuelo ya no está, la llave se me ha quedado a mí y he hecho todo lo posible por mantener mi corazón como el de una niña para conservar esta llave. Algún día, si siguen el consejo del hada y se mantienen como lo que son, unos niños, ustedes también la podrán tener”.

 

Luego abría el baúl con la llave dorada… ¡y la magia empezaba! Sacaba algún objeto, como un muñeco, un títere, una flor, un animalito de peluche, un lápiz, en fin, podía surgir cualquier cosa del baúl, y todas tenían su historia. Nos relataba un cuento en donde el objeto que sacaba del mágico baúl, era el personaje principal de la historia o tenía que ver con el protagonista de la misma.

 

“Esta es Juana la rana”, decía mientras se colocaba en la mano un títere de una simpática ranita de paño verde, “Les voy a contar su historia…”

 

Y nos contaba una maravillosa historia en donde la ranita de paño verde, saltaba, croaba y parecía cobrar vida para participar en el relato. Mientras la escuchábamos, mis hermanos y yo nos transportábamos al mágico mundo de la fantasía y la imaginación, y soñábamos despiertos. Después de que terminaba de contar su cuento, nos abrazaba can cariño, nos arropaba cálidamente bajo las sábanas de la cama, nos daba el más dulce de los besos en la mejilla y nos decía “te quiero mucho”. Entonces, parecía como si ese beso tuviera justamente el efecto contrario al beso del príncipe en La bella durmiente, porque en ese instante nos quedábamos dormidos y seguíamos soñando. Nunca olvidaré esos momentos.

 

            Pero no todas las noches eran así de tranquilas, algunas veces tenía mucho miedo, sobre todo las noches en que había rayos y truenos. Aunque aquellos estruendos se escuchaban demasiado lejos, yo sentía que cada vez se acercaban más y más, y la luz repentina de los relámpagos, parecía hacer que las sombras se movieran dentro de mi cuarto. Todo esto me llenaba de espanto y corría a la habitación de mi mamá para decirle: “Mami, no puedo dormir, tengo mucho miedo, ¿me puedo quedar contigo?”. Entonces, para que me sintiera protegido, ella me guardaba en su regazo, sacaba algún objeto del baúl y me contaba una bella historia. Mientras la escuchaba, mi imaginación volaba y volaba como un ave, me olvidaba del miedo y el relato poco a poco se confundía con mis sueños, hasta que me quedaba profundamente dormido. Tranquilito.

 

Fueron muchas las noches en que después de escuchar a mamá, mientras dormía, vivía el relato dentro de mis sueños. Unas veces era alegre, otras triste, unas me llenaban de amor y otras me producían indignación, a veces, había historias que me daban mucho miedo y hasta ganas de hacer pipí. Después comprendí que así era la vida, a veces estamos tristes, a veces contentos, algunas veces estamos enojados y otras somos muy cariñosos, y también hay veces en que sentimos mucho miedo y queremos huir. Mamá, con todas esas historias, simplemente nos preparaba para todo eso, nos preparaba para vivir.

 

Y así, entre sueños y relatos, entre relatos y sueños, aquel baúl se convirtió en algo muy especial en mi vida, en algo muy mágico y maravilloso. Tan sólo abrirlo, era como abrir la imaginación y el corazón para una nueva historia, para vivir algo emocionante. Yo no sabía si las historias que contaba mi mamá eran ciertas, si se las había contado mi abuelo Panchito, si las había leído en algún libro, o si las había inventado; pero eso no importaba, lo que era en verdad maravilloso, es que lo que sacaba de aquel baúl, parecía cobrar vida ante nuestros ojos de niños y nos envolvía en su historia.

 

Desde entonces, yo también empecé a guardar cosas que me recordaban alguna experiencia importante de mi vida, pero no sólo eso, también guardaba objetos que me inspiraban una bella historia. Llegué a guardar tantas cosas que significaban algo para mí, que después ya no sabía qué había sido primero, si la vivencia o el objeto. Yo creo que eso le pasaba a mi abuelo, porque siempre terminaba por creerse las historias que él mismo había inventado.

 

Sin embargo, en algún momento de mi vida algo pasó, porque sin darme cuenta dejé de guardar objetos, dejé de conservar recuerdos importantes de mi vida, dejé de tener ilusiones y de soñar despierto; tal vez fue que crecí, tal vez fue que pensé que ya no cabía nada más en mi cajita de recuerdos o quizá fue que ya no tenía un corazón puro y amoroso como el de un niño. Lo cierto es que perdí la capacidad de asombro, me olvidé de la magia y de la fantasía, perdí la imaginación y me olvidé de todos esos cuentos maravillosos, ya no había tiempo para esas cosas, era un adulto, pero me había olvidado de vivir.

 

Mi mamá hace mucho que se fue al cielo y se llevó consigo todas sus historias, la extraño mucho, sobre todo en esas noches oscuras y con truenos, todavía hay veces en que me causan miedo, y ella ya no está para abrazarme y tranquilizarme con sus relatos.

 

Un día, un inolvidable día en el que me preparaba con mi esposa y mis hijos para ir de campamento, mientras buscaba en el cuarto de los tiliches una vieja linterna de alcohol que me regaló mi papá, junto con su mochila y las botas que usaba cuando era alpinista, “¡Chacalines, aquí está!”, exclamé sorprendido, ¡era el viejo baúl!, no sé cuantos años estuvo en este lugar empolvándose y yo no me había dado cuenta.

 

Cuando lo vi, una extraña sensación me recorrió todo el cuerpo y en seguida quise abrir el baúl para poder ver lo que contenía, pero no pude, no tenía la llave dorada del cordón de colores con el que mi mamá lo abría. Y lo peor de todo, es que ni siquiera sabía dónde estaba esa llave. Traté de recordar alguna historia de las tantas que surgieron de ese baúl, pero mi mente estaba en blanco, no pude recordar nada y me puse muy triste. Finalmente encontré la lámpara que buscaba y me fui.

 

Era la primera vez que iba con mi familia de campamento, fue muy divertido: caminamos, jugamos, paseamos en lancha y montamos a caballo, después hicimos una fogata y asamos salchichas. A la hora de descansar, nos metimos a la casita de campaña, la noche era muy oscura y amenazaba con llover. Intentábamos conciliar el sueño, cuando escuchamos que empezaron a caer gotas de lluvia sobre la casa, al principio pensamos que sería una lluvia ligera, pero el estruendoso sonido de un rayo nos hizo pensar lo contrario. En pocos minutos caía sobre nosotros un aguacero que parecía un diluvio, el viento arreció fuertemente y sentimos que estaba a punto de arrancar las estacas que mantenían en su sitio la frágil casa de campaña para hacerla volar por los aires con nosotros adentro, pero eso no era todo, lo peor era el ensordecedor ruido de los truenos que poco a poco parecían acercarse a nosotros.

 

Mi hijo Karelito de cuatro años, asustado se acercó a mí y me dijo: “Papi, tengo mucho miedo”, “Yo también”, agregó mi hija Ilka, ella tenía seis años y ambos se abrazaron a mi esposa y a mí para sentirse seguros.

 

La verdad no sé si yo estaba más atemorizado que ellos, aunque trataba de demostrar lo contrario. Al verlos, me recordé a mí mismo cuando era pequeño y asustado buscaba la protección de mi madre. Pensaba en qué hacer para tranquilizarlos pero no se me ocurría nada. De pronto, recordé cuando encontré el viejo baúl empolvado y como un relámpago, los recuerdos de mi infancia vinieron a mi mente y a mi corazón, empecé a recordar las historias que mi mamá me contaba mientras estaba en el lecho y me sentí como si estuviera con ella otra vez. Miré a mi hijo temblando entre mis brazos y a mi hija aferrada a su mamá. Entonces metí mi mano en la bolsa de mi chamarra para sacar la caja de cerillos y poder encender la lámpara, pero mis dedos tocaron algo extraño, saqué lo que tenía en mi bolsillo y… no van a creer lo que había en mi mano. Atada a un cordón de colores, brillaba en la palma de mi mano la llave dorada que abría el viejo baúl.

 

“¿Qué es eso papá?”, preguntó mi hijo. Les mostré a mis dos hijos la mágica llave y les conté de dónde había salido. “Esta llave se la dio el hada de la imaginación a mi abuelo Panchito, él se la dejó a mi mamá y ahora me pertenece a mí, pero si ustedes nunca dejan de ser como son, algún día será suya también”.

 

Los dos se miraron a los ojos y sonrieron, estaban interesados en saber más acerca de la misteriosa llave, ya no parecían tener tanto miedo ni tanto frío, yo también me había calmado. Al ver en su mirada la inocencia, me animé a contarles una de las historias de las que mi madre me había contado de pequeño, mis hijos se adentraron tanto en mi relato, que olvidaron por completo sus temores. Para cuando terminé de contarla, la lluvia había cesado, el viento se había ido, solamente se escuchaba el canto apacible de los grillos. Me dispuse a contarles otro cuento, pero antes de que terminara de hacerlo, ambos se habían quedado profundamente dormidos. Estoy seguro de que soñaban con esas historias, porque en su rostro se reflejaba el asombro por la fantasía que sólo los niños pueden tener, y en su leve sonrisa se vislumbraba la paz que hay en un corazón puro. Ese momento amoroso que compartimos juntos en un cuento, nunca lo olvidaremos.

 

Al siguiente día, en cuanto llegué a la casa, lo primero que hice fue subir al cuarto de los tiliches, sacudir el polvo del viejo baúl y probar la llave dorada. Lleno de asombro, vi como la llave embonaba perfectamente, abrí lentamente la cerradura y una inmensa alegría me invadió. Mágicamente, los objetos que había dentro, parecieron cobrar vida y me recordaron cada una de sus historias. En ese momento, me pareció escuchar las hermosas palabras de mi madre: “Mientras tengas un corazón puro y amoroso como el de un niño, conservarás la llave del amor y la imaginación”. Me di cuenta de que todas esas narraciones permanecían dentro de mí, sólo era cuestión de sacar al niño que tenía dentro y abrir mi corazón como se había abierto aquel baúl.

 

            Así fue como surgieron “Los cuentos del baúl”. Metí en ese viejo baúl todas las cosas que eran importantes para mí y que había coleccionado a lo largo de mi vida, junto con las de mi mamá, las de mi abuelo Panchito y las de tantas personas que tienen una historia que contar. Cada vez que escribo o que cuento una historia, saco algún recuerdo del baúl y sé que con él se va un pedacito de mi corazón, pero también sé, que para que el corazón nunca se acabe, tendrá que ser tan grande y amoroso, como el corazón de un niño.

 

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